Bautizar un teatro

¡A veces, se le ocurren a uno unas ideas! Se me ocurre que yo tuviese que bautizar un teatro, ya fuese un teatro de nueva construcción o un teatro de reciente restauración. Está claro que lo más fácil sería ponerle “Teatro Municipal”; y punto. También se le podría poner un nombre que no tenga nada que ver con el teatro como, por ejemplo, Teatro Colón, en La Coruña, y otro Teatro Colón, en Buenos Aires; sabido es que el encontronazo con América fue una tragedia, pero Cristóbal Colón no tiene nada que ver con el teatro. Pero, si yo tuviese que bautizar un teatro, le pondría un nombre distinto cada año. No es lo normal, no es lo habitual. Lo habitual es ponerle el nombre de un dramaturgo y ese es su nombre per sécula seculorum, es decir, pa siempre.

Supongamos que un teatro ha tenido desde su construcción e inauguración dos o tres nombres, pongamos Echegaray –José y Miguel, ambos dramaturgos-, pongamos Hermanos Álvarez Quintero –Serafín y Joaquín, populares dramaturgos españoles-, pongamos Jacinto Benavente –prolífico autor teatral-, etc. ¿Se merecen estos citados que un teatro lleve su nombre? Por supuesto. ¿Qué duda cabe? Pero también podemos preguntarnos: ¿hay otros muchos nombres relacionados con el teatro que también lo merecen y nunca han tenido ese honor o ese recuerdo para con ellos? Por supuesto que también. ¿Qué duda cabe?

Yo comenzaría el primer año por “Teatro Talía y Melpómene”, las dos musas griegas del teatro, la primera, de la comedia y, la segunda, de la tragedia. Después, pueden venir infinidad de nombres. Dramaturgos –autores-: Pirandello, Molière, Osvaldo Dragún, Sófocles, Juan Mayorga, Martín Recuerda, Strindberg, Darío Fo, Bertold Brech, Lope de Rueda –uno de los fundadores del teatro en España-,… Directores: Miguel Narros, Helena Pimenta, Sanchís Sinesterra, Adolfo Marsillach, Alfonso Zurro,… Actores: Los Gutiérrez Caba, Los Merlo, Magüi Mira, Josep María Pou, María Galiana, José Bódalo, José María Rodero, Manuel Galiana, María Guerrero, Margarita Xirgu,… Personajes: Max Estrella –el que da nombre a los premios de teatro-, Bernarda Alba, Yerma, Don Juan Tenorio y Doña Inés, Don Mendo, Hamlet y Ofelia, Segismundo, Arlequín y Colombina,… Teóricos: Stanislavski, Grotowski,… Grupos y Compañías: Els Joglars, La Cuadra, La Zaranda, La Jácara,… Otros nombres: Estudio 1, El público, Comedia del Arte, Coturnos, Bambalinas,… 

Cambiando el nombre de un teatro cada año no se ofende ni se despoja de ningún título al que deja de llevarlo, sino que se recuerda y se homanajea y se reconoce al que lo va a llevar el año siguiente.

Poniendo un nombre distinto cada año a un teatro se hace pedagogía, se hace cultura, pues se enseña sobre teatro: se le dice a la gente que existe tal autor-a, tal director-a, tal actor-actriz, tal grupo o compañía,… Poniendo un nombre distinto cada año a un teatro se es menos localista y más universal, más abierto.

No sé qué problemas burocráticos o administrativos traería esto de cambiar de nombre cada año. No creo que fuesen muchos ni que fuesen problemas insalvables.

Que, después o además, se quiere ir poniendo en el vestíbulo o los pasillos del teatro un cuadro con el retrato o la foto del nominado cada año, que se le quiere invitar a estar presente en el bautismo anual con su nombre, que se le quiere invitar a llevar a ese teatro una obra suya,… pues miel sobre hojuelas.

El Teatro Colón de La Coruña se inauguró en 1948 y el Colón de Buenos Aires en 1908. Con el sistema de cambio anual de nombre, al cabo de, por ejemplo, veinte años, se habría recordado y reconocido a veinte figuras del teatro local, regional, nacional y universal.

Antonio G. Ojeda

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