Basura

La Casona de Calderón

Hay hechos, actos, que lo reconcilian a uno con la especie humana. Por ejemplo, ahora, con esto de la pandemia, el esfuerzo de los sanitarios, de las limpiadoras, de los transportistas,…Y, otros, que lo enemistan, que te hacen aborrecerla, que te entristecen.

Me ocurrió en la mañana del martes, 9, de este mes de junio. Aparqué junto a la iglesia de Fátima y me fui de mandados por la Puerta Ronda y Salitre. Cuando volví, había un coche de la Policía Local parado y, un poco más allá, varios policías y un grupo de gente. La pregunta de rigor: ¿Qué pasará? Llegué a la altura de mi coche y estuve pendiente unos instantes, después me acerqué. La Policía Local acababa de sacar, del contenedor de basura del Punto Limpio que hay allí, una bolsa con tres perritos vivos.

Al parecer, una vecina que había ido a tirar la basura, oyó una especie de gemidos o maullidos y avisó a la Policía. Esta, tras sacar varias bolsas, observó una que tenía movimiento. Los perritos, diría que recién nacidos, estaban chorreando, no sé si de sudor, pues tenía entendido que los perros no sudan. Se fueron acercando algunas personas más, vecinos y algunas que pasaban por allí. Yo traje del portamaletas de mi coche una caja de cartón y un trapo limpio para sacar a los perros de aquella miserable bolsa negra en la que los habían enterrado vivos. Una mujer trajo un plato y un brik de leche, pero aquellas criaturas eran demasiado pequeñas para comer por sí solas. Entonces, alguien dijo que había que buscar una jeringa para darles la leche. Y alguien sugirió que, en vez de una jeringa, era mejor un biberón con su correspondiente tetina. Y mandaron a la farmacia por ello.

Antiguamente, los perros y gatos recién nacidos que no se querían, se mataban. Tal vez, se mataban brutalmente, pero se mataban antes de tirarlos a la basura o enterrarlos. Entonces, no era todo tan políticamente correcto, no había tantos miramientos ni tanto dinero para comidas preparadas, vacunas, esterilizaciones ni eutanasias. Y los niños, los bebés, se dejaban en la puerta de alguien, en la puerta de una iglesia, de un convento,… Ahora, se tira de la misma forma inmisericorde una planta a la cuba de los escombros que perros y gatos y bebés vivos a un contenedor de basura. Hacer eso me parece uno de los actos más viles, más crueles, más inhumanos del ser humano.

Si alguien tiene una perra y no quiere que se quede preñada y tenga cachorros, ¿no hay sistemas civilizados para que así sea? Y, si los tiene y uno no los quiere, ¿no hay sistemas civilizados para deshacerse de ellos?

Dije: “Si alguna es hembra, hay que ponerle Fátima”. Y me fui, desanimado, mal, con los palos del sombrajo por los suelos. La Policía se quedó en espera de la protectora de animales, creo.

Precisamente, cuando aparqué allí, junto a la iglesia y el Punto Limpio, venía de ver una especie de mascota que tengo: un ser vivo, un vegetal. La cosa fue así: en los primeros días de julio de 2016 descubrí que en una de mis macetas había nacido una plantita y, aunque no soy un experto, enseguida estuve seguro de que no era hierba sino árbol, bien es cierto que no supe qué tipo de árbol. Con el tiempo comprobé que era una morera, la estuve trasplantando a macetas mayores, asistí a su primer otoño, su primera desnudez, a su primer fruto –incluso comí alguna mora-, estuvo en casa tres años y medio,… hasta que llegó un momento en que, por su tamaño y por el espacio que necesitaban sus raíces, aquella no era vida para ella y a mí me estorbaba; tenía la posibilidad de tirarla a una cuba, y la de trocearla, meterla en una bolsa y echarla al contenedor. Pero, a riesgo de que me llamasen la atención o me multasen, una mañana de febrero de este año la metí en el coche –era como un jugador de baloncesto dando con la cabeza en el techo-, eché las herramientas y la sembré en una de esas zonas que queda entre las autovías y los carriles de entrada y salida de ellas, zonas que no sé a quién pertenecen. Los domingos, tempranito, iba a verla y le llevaba unos litros de agua.

Luego, vino la pandemia y estuve meses sin poder visitarla. Y este martes venía de quitarle las altas hierbas que la asediaban, de regarla, de tocarle las hojas, de quitarle los caracoles del tronco…

Antonio G. Ojeda

 

 

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