Basura

Parejo y Cañero Intermedio fijo

La contemplación del cielo estrellado ha sido tradicionalmente un refugio. Cuando uno quería recuperar la paz que había perdido en los núcleos urbanos, corría al campo con la luna nueva y esperaba la llegada de la noche mientras rezaba para que estuviera despejado. Allí, quizá en compañía de una persona amada, se echaba en la hierba y observaba las estrellas. Miles, millones de ellas aparecían suspendidas sobre su cabeza mientras la mirada se perdía en una profundidad que parecía oceánica. En agosto, aprovechaba el paso de la cola de algún cometa para admirar la conversión en polvo de los fragmentos de roca, incendiados y consumidos en un instante como efímeras pavesas gigantescas. Durante ese tiempo de observación del cielo sin interferencias uno podía medir el tamaño de su vida, de su tiempo en la tierra, y de su cuerpo, un ser inferior a microscópico en un universo en expansión. Era un baño de humildad. Además podía disfrutar de la única fracción de nuestro entorno que parecía intocada por el hombre, atravesada cada tanto, eso sí, por las pequeñas luces de posición de un avión comercial. Obviando ese detalle, uno podía observar el mismo cielo que contemplaron Velázquez, Leonardo da Vinci, Alejandro Magno o los faraones egipcios, el mismo que hace centenares de miles de años veían los neandertales, asustados ante esa inquietante inmensidad. Orión, Sirio, la Osa Mayor, Casiopea ya estaban ahí y ayudaron a formar los signos del zodiaco a los antiguos babilonios. Jasón y los Argonautas, Cástor y Pólux, Hércules y el león de Nemea vinieron de esas estrellas. Todo un maravilloso mundo mitológico nació de la contemplación del cielo nocturno y a él podíamos volver con libertad y pureza cada vez que lo deseábamos. Hasta ahora.

Los Estados Unidos de Norteamérica, ese país sin historia ni elegancia pero con capacidad de comprar casi todo, ha emprendido el principio del fin de la contemplación milenaria del espacio. SpaceX, una empresa creada por uno de los grandes poderosos del capitalismo digital, un tal Musk, no se ha detenido ante nada a la hora de llevar internet a cualquier punto habitado de la tierra y está llenando el cielo de luminosos satélites que lo cruzan en fila india como tóxicas procesionarias del pino. Su problema no es que haya regiones enteras del planeta donde no existe acceso al agua potable, donde las cataratas oculares son un mal incurable e incapacitante por la falta de personal médico cualificado, donde las niñas son obligadas a casarse con hombres mayores y mueren jóvenes, reventadas de tener tantos hijos en unas condiciones higiénicas deplorables, no, su problema, para poder seguir reuniendo dinero y manipulando la voluntad de todos nosotros, es que haya conexión a internet everywhere, sobre todo de banda ancha y con baja latencia para poder desarrollar con desahogo el internet de las cosas. (Perdonen si me equivoco en el uso de toda esta parafernalia terminológica, pero acabo de hacer un cursillo rápido y autodidacta sobre el asunto). Según leo en medios que se suponen bien informados, SpaceX, exactamente su proyecto Starlink, prevé poner en órbita en los próximos años varias decenas de miles de satélites como los que fueron noticia hace unos días por estar muy visibles en nuestros cielos en el camino de elevación hacia su órbita definitiva. Imagínense.

Sin embargo, la contemplación sin interferencias de nuestro cielo estrellado va a ser un problema menor: la basura espacial que orbita alrededor del planeta Tierra alcanzará en breve magnitudes inasumibles. Sólo es cuestión de tiempo. Nosotros no conoceremos esa situación casi apocalíptica, pero si no ponemos remedio sí la sufrirán las próximas generaciones. Hagamos algo. Estamos en la Edad de la Basura, nunca hemos generado tanta. Y, mientras, seguimos admirados por los avances técnicos. ¿Avances?

 

Imagen: Pxhere (iceland-photo-tours.com).

 

Víctor Espuny

 

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