Barrios sin alma

El turismo es la primera industria de España. Sin duda nos reporta importantes beneficios, pero nos supone, a su vez, algunas cargas. Una de ellas, la proliferación de pisos turísticos, que invaden sobre todo el casco histórico de la ciudad y provoca la marcha de sus vecinos. Al respecto, se ha pronunciado en estos días el presidente Juanma Moreno, confirmando la aprobación de un reglamento que, entre otras competencias, permitirá a los Ayuntamientos su limitación.

No participo del movimiento que considera malas estas viviendas per se; todos nos hemos beneficiado de su uso en algún momento, pero la falta de control sobre las mismas ha provocado que sus perjuicios superen los efectos positivos que generan.

Así, nuestros barrios más emblemáticos se convierten en parques temáticos sin vecinos, sin comercios tradicionales –hoy convertidos en souvenirs que despersonalizan nuestras callesy, por supuesto, sin los bares de siempre en los que disfrutar, cerveza en mano, de una tertulia con amigos. Rincones que han tenido el encanto de ser lugar de reunión para “los de aquí”, y que han pasado a ser, por su carta, sus precios, y hasta su servicio, espacios para turistas. De este modo, la ciudad pierde su esencia, se desnaturaliza y, lo que motivó a los que vienen a conocerla, va desapareciendo ante la uniformidad que impone el turismo.

Esto tiene, a mi entender, mayor trascendencia de lo que pudiera parecer. Ha provocado un éxodo de sevillanos a otras zonas con el desarraigo que ello conlleva. Me vienen a la cabeza las hermandades, nacidas al cobijo de sus vecinos que, en su día a día, fueron labrando la devoción a sus imágenes. Sin ellos, perderán su vida diaria, la espontaneidad de una oración a la vuelta del trabajo, las noches de cultos o cualquier encuentro casual con un hermano, porque la distancia ahonda el olvido y la mayoría ya no tiene la suerte de vivir en su entorno.

Por no hablar de los colegios, ya golpeados duramente por la baja tasa de natalidad y ahora rematados por la escasez de niños matriculados debido a esa obligada huida de la que hablamos; o de los propios vecinos que, para comprar simplemente el periódico, necesitan casi salir del barrio. El cierre, antes de Navidad, del famoso quiosco de prensa de la calle Mateos Gago, en pleno Barrio de Santa Cruz, dejando desabastecidos de cosas básicas a niños y mayores, para destinar el edificio a viviendas turísticas, es una prueba más de lo que hablamos.

Cuando uno tiene un buen producto, y posiblemente Sevilla sea el mejor, debe cuidarlo y mimar aquellos elementos que lo hacen único para que no pierda su esencia. Un barrio sin vecinos queda desvirtuado. El patrimonio monumental es carta de presentación, pero ellos conforman ese patrimonio humano que otorga a la ciudad la personalidad que enamora a todos a los que a ella llegan. Sin vecinos es un decorado sin alma.

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