Apostando por la Vida

Se Sintió desbordado por la traba de acontecimientos que le llegaban sin tiempo de digerirlos, uno tras otro, como un mal de ojos o una maldición dispuesta a tambalear los pilares que sustentaban el control de su vida. Ni un día, quizás horas hicieron falta para que otra situación penosa le superase, y al igual que los cachorros se amilanan ante la furia de los golpes, el hombre sintió que la vida o el destino le hundía en la más áspera pesadilla. Intentó pensar, pero sus manos grandes dibujaban gestos de impotencia y el aire se tornaba de un gris aciago y doloroso que pasó a ocupar el pozo de la tortura, una tortura ponzoñosa que le desborda porque él, arrebatadoramente tierno y razonable, había perdido todo atisbo de cordura ante el maltrato sufrido por hija.
Aquella noche no hubo principio ni fin, sino que al igual que muchos pocos hacen un mucho, el hombre interiorizó su mirada, plegó el corazón, apretó los dientes, y como buen matemático calculó y descalculó emprendiendo las cuentas más duras de su existencia. Nadie supo como fue ni con qué cuchillo se amputó para dejar paso al aplomo frío y maquiavélico de todo el anticristo junto, porque ella, su hija, poseída por el síndrome de estocolmo, disculpaba y justificaba la actitud de su pareja alegando enfermedad o esquizofrenia.
Pero al igual que la mentira amontonada esconde las puertas de la luz invadiendo la negrura hasta el último rincón de la carne, él, carcomido de furia e indignado se dispuso a salvarla transfigurado en el más ingenuo de los seres, preguntó y preguntó a su hija, y ésta, al expresa por su boca las broncas, los insultos, las palizas padecidas… tomó conciencia, y temerosa, descubrió que se sumaba a su padre apostando por la vida.
©Inma Valdivia

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