Amabilidad

Una vez, hace unos años, una persona mayor venía del supermercado cuando se vio sorprendida por el ofrecimiento de un joven desconocido. Había visto que llevaba mucho peso y quería ayudar. La persona mayor se lo quedó mirando un momento, aún con las bolsas en la mano, la boca entreabierta, como si le costara creer lo que oía. Quizá también desconfiaba. El joven tenía buena presencia y le sonreía. (Esto de la buena presencia puede parecer un resabio de tiempos pasados pero no es ninguna tontería. Cuando nos presentamos a alguien la única información que tiene de nosotros son nuestras palabras, cómo vamos vestidos y si cuidamos nuestra higiene. Buena presencia puede tener cualquiera si va limpio, da igual que lleve un aro en la nariz y calce sandalias de cuero). Aquel cooperante voluntario pasó su examen y dejó que le llevara las bolsas hasta cerca de su casa. Por el camino hablaron de la cantidad de gente mayor que vive sola en las ciudades y de lo solitaria que se siente cuando llega la Navidad. El anciano le habló también de un hijo que tuvo y ya no vivía. El trecho no fue largo. Al final, y en un lugar que no comprometía la seguridad del anciano porque no revelaba su dirección —el anciano no dejaba de estar escarmentado, como cualquier persona que pasa de cierta edad—, le dio las gracias efusivamente y le preguntó si le podía tocar el brazo. El joven quedó sorprendido pero no vio nada malo en que le tocase el brazo: le hubiera dado un abrazo si se lo hubiese pedido. El anciano alargó su sarmentosa mano, de piel salpicada por las manchas de la edad, y le apretó el brazo suavemente, con delicadeza, como lo haría un niño pequeño.

—¿Estoy fuerte, verdad? —preguntó el joven un poco intrigado, aún inseguro sobre la causa de la petición.

—No, no es por eso. Es que quería tocarte para comprobar que eras de verdad, que gente así existe.

Y mientras el anciano, lento y encorvado, se alejaba hacia su casa, el joven quedó pensando si tan raro es ayudar a los demás cuando se camina por la calle, cederles la acera, tener esos gestos que hacen más amable la vida.

Víctor Espuny

Imagen: «Ella, el poder, la vida», de Iván Pili. Óleo sobre lienzo, 2015.

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