Alianzas

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Siempre ha habido guerras y fronteras, ilusiones de dominio. Hace años, quizá cuarenta, tuve la fortuna de leer Cabrera, una novela del madrileño Jesús Fernández Santos. En ella, narrado en primera persona y con un aire inspirado directamente en la novela picaresca, se novelaba el drama vivido por los soldados franceses apresados tras la Batalla de Bailén. Si no recuerdo mal la historia, fueron conducidos a las costas gaditanas y encerrados en pontones —barcos viejos anclados a vista de costa— durante una larga temporada, con los problemas sanitarios que suponen el hacinamiento, la mala alimentación y la falta de higiene y de ejercicio físico. De allí fueron conducidos a la inhóspita isla de Cabrera, en las Baleares, donde desembarcaron y fueron abandonados a su suerte, sin fuentes de agua potable siquiera. La mortalidad fue enorme. Desde entonces he leído todo lo que ha caído en mis manos relacionado con estos hechos históricos. Y justo esta semana han llegado noticias sobre ellos. Francisco Luis Díaz Torrejón, el conocido historiador ursaonense, acaba de publicar, gracias al Foro para el Estudio de la Historia Militar en España, su monumental trabajo de investigación El cautiverio napoleónico en España (1808-1815). Cádiz, Baleares y Canarias. A lo largo de sus mil páginas, y con la profesionalidad a la que nos tiene acostumbrados, Díaz Torrejón detalla el día a día de aquellos pobres muchachos, empujados a la guerra por la necesidad perentoria de salir de sus pueblos, el deseo de botín y la fe en la aptitudes para el mando y el gobierno de Napoleón, cuyos delirios imperiales llevaron, amén de a otras consideraciones de índole política o patrimonial, a la destrucción a toda una generación de muchachos europeos. Entre los presos hubo casos de antropofagia, de suicidios, las mentes de aquellos jóvenes cautivos desquiciadas por el inhumano tratamiento al que estaban siendo sometidos. Algunos se empeñan en considerar el caso de estos prisioneros franceses como el del primer campo de concentración de la historia, aunque dudo mucho que esto sea sostenible si se tiene en cuenta el larguísimo catálogo de guerras que ensombrece el pasado de la humanidad. Gracias a su tenacidad investigadora, Díaz Torrejón ha conseguido reunir más de cincuenta mémoires y souvenirs de prisioneros —diarios de cautiverio—, difíciles de conseguir aun en Francia, documentación dispersa y hasta ahora inaccesible a la que ha unido la consulta de innumerables archivos para redactar una obra sobre el tema posiblemente definitiva.

Esta semana hemos conmemorado el nacimiento del poeta, crítico y profesor Jorge Guillén (1893-1984). Guillén tuvo una vida accidentada y viajera, parecida a la de muchos intelectuales españoles durante la guerra y la posguerra, época en la que buscaron tierras donde trabajar y expresarse en libertad. Andalucía fue importante en su vida. Desde finales de los años treinta, y hasta el final de la Guerra Incivil, ocupó una plaza de profesor en la Universidad de Sevilla, y a Andalucía volvió tras un largo exilio. Esta vez eligió Málaga para vivir, ciudad que conserva algunos recuerdos de su paso. En la fachada del número 3 de la calle Pintor Casilari Roldán, perteneciente a una edificación de apartamentos cuajada de pequeños balcones y de forma casi cúbica llamada «Edificio Mendiru», en plena Malagueta y a escasos veinte metros de la arena de la playa, permanece instalada una lápida donde puede leerse: «En esta casa vivió, escribió y murió el poeta Jorge Guillén, hijo adoptivo de la ciudad de Málaga. El Ayuntamiento a la memoria del Maestro, en el segundo aniversario de su muerte. Febrero 1986». Al contrario de las lápidas malagueñas relativas a otros miembros de la Generación del 27, colocadas en fachadas de edificios de corte decimonónico —techos altos, balcones luminosos—, como las de Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, la de Guillén parece descolocada en aquel lugar, inadvertida por los turistas que vuelven a sus minúsculos apartamentos ahítos de tinto caliente y sol. A unos ciento cincuenta metros del portal del edificio Mendiru, en pleno paseo marítimo, se encuentra un busto en bronce del poeta, obra del escultor Jesús Martínez Labrador, que acabó en este emplazamiento después de haber tenido otro menos afortunado junto a la Farola. La escultura, de inspiración clásica a pesar de su modernidad, representa a un anciano de largos y delicados dedos que mira perpetuamente al mar. Pero la sorpresa mayor que nos depara Jorge Guillén en Málaga se encuentra en el Cementerio Inglés, donde quiso ser enterrado. Allí descansa a junto a su mujer, los dos refugiados bajo una losa de inscripción tan sencilla como la buena poesía: «Jorge Guillén, Valladolid 18-1-1893  Málaga 6-2-1984. Irene de Guillén Mochi-Sismondi, Roma 9-2-1910 Málaga 29-9-2004». Recordarán aquel pasaje del Juan de Mairena de don Antonio Machado, cuando el profesor pide a Pérez que ponga en lenguaje poético la frase «Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa», y el alumno, ciertamente aventajado, escribe: «Lo que pasa en la calle». Pues eso.

El Cementerio Inglés de Málaga es de visita obligada para cualquier interesado en la historia de España. Baste decir que uno de los primeros sepultados allí, su tumba cubierta de conchas marinas, fue el inglés Robert Boyd, fusilado junto a Torrijos y sus idealistas compañeros en la playa de San Andrés un oscuro día de diciembre de 1831. Cerca de él, a cincuenta metros apenas, yacen los restos de Jorge Guillén e Irene Mochi-Sismondi, y aún más cerca los del hispanista Gerald Brenan y su esposa, la escritora Gamel Woosley, una concentración extraordinaria de valiosas biografías, como si su cercanía obedeciese a una alianza de almas nobles que trascendiera fronteras, generaciones y siglos.

 

Imagen: Entrada al Cementerio Inglés de Málaga (ciudadconalma.com).

 

Víctor Espuny

 

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