Ágata ojo de gato, de José Manuel Caballero Bonald

La lectura de la novela de hoy se presenta desde las primeras líneas como una exploración en sí misma. Aunque la lengua es conocida, su uso es nuevo, lo que obliga al lector a abrirse paso por un territorio desconocido. Es una sensación extraña, desazonadora al principio. Uno está ante un texto escrito por alguien poseedor de un nivel de exigencia artística en el uso de la lengua infinitamente superior al suyo. Avanza casi con miedo, en penumbra, abriéndose paso entre una maleza inextricable. Teme estar expuesto al riesgo de caer en una poza de agua helada y oscura. Toca algo frío y viscoso y retira la mano asustado. Palabras que alguna vez ha oído pero de significado ignorado aparecen a cada paso: hornacho, breña, algaida, gamezno, lucio, breca, japuta… El castellano, pero en su variante andaluza —quizá la más rica de todas desde el punto de vista léxico—, despliega ante el lector sus alas poderosas. Es un castellano solo comparable al usado por los autores hispanoamericanos, hijo del andaluz. Y ahí, en ese punto de encuentro entre Hispanoamérica y Andalucía, se encuentra Ágata ojo de gato. Pero no solo por el lenguaje.

          Esta genial novela de José Manuel Caballero Bonald, escrita entre 1970 y 1974, resulta una adaptación a España de ciertos elementos argumentales, temáticos e imaginativos de la novela americana, desde Faulkner a García Márquez. Es una narración de hechos de personajes legendarios sucedidos en escenarios inventados —Yoknapatawpha, Macondo— pero inspirados en lugares reales. En Ágata ojo de gato se trata de las Marismas del Guadalquivir, una tierra que Caballero Bonald debe conocer muy bien y de la que parece estar profundamente enamorado, bautizadas como Argónida. El marco cronológico de narración puede deducirse de unos pocos hechos aislados, como la mención del primer automóvil, la llegada de la Guerra Civil o la edad de Manuela —una posible recreación de Úrsula Iguarán y de tantas abuelas de carácter—, quien, en un momento de lucidez alucinada, reconoce haber cumplido ya los cien años y recuerda haber tenido diecisiete cuando fue comprada por El Normando, el primer Lambert de la saga que puebla Ágata ojo de gato. Existe un personaje, Pedro, el hijo de Pedro Lambert, un niño, casi adolescente ya, cuyo año de nacimiento y, quizá, ciertas experiencias sexuales primerizas parecen coincidentes con los de Caballero Bonald o inspirados en ellos. Lo digo con el único fundamento de la autenticidad con las que dichas experiencias están descritas y con el dato objetivo del año de nacimiento de ambos. En la novela aparece también la gran casa familiar, de proporciones y lujo extraordinarios, que acaba sufriendo un gran deterioro, componente también habitual de novelas que cubren el paso de varios generaciones de una familia, escenarios habituales en narraciones pertenecientes al realismo mágico como Cien años de soledad, La casa de los espíritus o Como agua para chocolate, las dos últimas de Isabel Allende y Laura Esquivel, todas de lectura muy recomendable. En cuanto al topónimo Argónida, poseedor de resonancias mitológicas —Jasón y los Argonautas—, parece inspirado más bien en el nombre de un legendario rey tartesio, Argantonio, gobernante de una civilización que dejó Andalucía occidental y el sur de Portugal sembrados de restos pétreos, escriturarios e, incluso, áureos. Precisamente será un hallazgo de esta índole el que contribuya a mover la acción de la novela, en realidad poco importante en comparación con el hábitat marismeño. Este último, único, es el verdadero protagonista de Ágata ojo de gato. Sus paisajes, dominados por la horizontalidad y cuajados de espejos, llenan el espíritu de sensaciones cálidas, de hálitos serenos, que invitan a la creación y a la lectura.

 

Víctor Espuny

Fotografía: Proyecto Las Marismas

Ágata ojo de gato, de José Manuel Caballero Bonald. Barcelona, Seix Barral, 2007.

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