Leyendo ahora
Abducidos

Abducidos

Las señales de nuestro empobrecimiento intelectual son evidentes. No debemos dejarnos engañar por los mensajes triunfalistas provenientes del sector tecnológico digital: cada vez poseemos una capacidad menor de asunción de criterios propios. Ya en 1940, una década después de la llegada del sonido al cine, se alzaban voces autorizadas para denunciar el empobrecimiento de las habilidades literarias de los individuos, una de las demostraciones esenciales de la capacidad de pensar. John Dos Passos (1896-1970), el célebre novelista estadounidense, escribía: «El nivel más profundo lo constituye la cultura visual y audible del cine, en absoluto es nivel literario. Por encima de él aparecen todo tipo de grados de analfabetismo». La influencia de los productos audiovisuales no ha parado de crecer desde entonces y, gracias a los avances tecnológicos, ha llegado a transformar notablemente nuestra conducta. ¿Hacia dónde vamos?

El autor del libro que les traigo hoy, Bruno Patino (1965) —periodista francés de ascendencia boliviana—, posee la edad, los conocimientos y la capacidad suficientes para reflexionar sobre el fenómeno de la adicción digital, patología tan extendida que debía preocuparnos a todos. Durante la lectura de su ensayo La civilización de la memoria de pez entramos en contacto con saberes espeluznantes, como la perversión que ha sufrido Internet por el nacimiento y la expansión de grandes corporaciones de fines, en un principio, culturales, creativos o simplemente sociales —Google, Facebook, Twitter, Amazon, YouTube, Netflix, Spotify, etc.—, transformadas en agentes del capitalismo digital puro y duro. Por mucho que digan los portavoces de dichas compañías, las razones que les mueven no son nobles ni, por supuesto, desinteresadas. Obedecen a deseos de enriquecimiento, manipulación de nuestras consciencias y detentación del poder. Tristan Harris, exdiseñador y exresponsable de ética de Google, hizo unas declaraciones muy esclarecedoras: «el verdadero objetivo de los gigantes tecnológicos es buscar la dependencia de la gente, aprovechando su vulnerabilidad sicológica» (pág. 55). Mentes privilegiadas dedican sus esfuerzos a detectar los mecanismos de nuestra vulnerabilidad. Y los nominan. Así, por ejemplo, nació el Fear of Missing out (FoMo), el miedo a perderse algo que todos los demás han visto, ignorancia que produce ansiedad en las personas más vulnerables por temor a la exclusión. De ahí al éxito de una empresa como Netflix había solo un paso.

Para captar nuestra atención, ingrediente imprescindible del funcionamiento de las grandes plataformas tecnológicas, se crearon compañías auxiliares como el Persuasive Technology Lab, cuya mecánica y motivaciones recuerdan épocas muy oscuras de la humanidad. En ese lugar, existente desde 1998 en Palo Alto (California), han nacido las técnicas usadas para hacernos adictos a las redes sociales y, en general, al uso de las plataformas mencionadas. El idealismo de los tiempos iniciales de Internet, cuando se pensaba que iba a ser un bien para todos —la ingenua Declaración de independencia del ciberespacio de J. P. Barlow es de 1996—, ha sucumbido bajo los efectos de una pesadilla causante de estragos en las mentes de muchas personas, sobre todo de los más jóvenes. La capacidad de concentración ha desparecido. Cualquier tarea de percepción que requiera una atención cuya duración exceda de diez segundos resulta imposible de realizar para muchos. Los dispositivos móviles que acompañan a los nativos digitales desde su nacimiento se encargan de impedirlo lanzando continuamente alertas visuales y sonoras que atraen su atención. Algoritmos creados con intenciones aviesas, como impedir que alguien salga de una aplicación —piénsese en el caso paradigmático de Facebook—, condicionan nuestra libertad. Vivimos sumisos, la cabeza agachada, contemplando la pantalla que llevamos en la mano. El cambio en pocos años ha sido enorme, tanto que uno se pregunta en qué empleaba su tiempo antes de existir Internet. Porque nuestro tiempo libre, de asueto, de vagancia, el más relajante, el que nos permite dejar volar la imaginación y llegar a pensamientos únicos, es precisamente el más codiciado por los directivos de esas plataformas. ¿Cómo vamos a consentir —se preguntan éstos— que una persona que viaja en un autobús, o en el tren, contemple el paisaje por la ventana o a sus compañeros de viaje y pueda pensar en ellos, imaginar sus vidas, reflexionar sobre la realidad real sin estar inmersa en la realidad virtual, por lo tanto, falsa, que nosotros amablemente le ofrecemos? De ninguna manera —se responden—, y gracias a la efectividad de sus técnicas de manipulación de la conducta humana estos nuevos doctores Mengele han conseguido secuestrar la vida de miles de millones de personas, que viven una existencia irreal en un mundo que no existe. Los datos sobre nuestros gustos y actividades que damos al permitir las cookies de las páginas en las que entramos al navegar, al dar likes, al registrar nuestro estancia en lugares, al llevar conectado nuestro GPS, etc. son usados por ellos para manejar nuestra conducta. Conscientes del daño que las actividades de sus empresas ocasionan en las mentes de los más jóvenes, los directivos de esas enormes corporaciones tecnológicas llevan a sus hijos a escuelas Tech free, libres de tecnología, porque saben que los dispositivos digitales dañan sus mentes, las empequeñecen, las condicionan para siempre. Mientras tanto, en la mayoría de los países se sigue apoyando la digitalización de los colegios, el acceso libre y beneficioso (¿!) de los alumnos a la tecnología. Error, grave error. Olvídese de aquello de «¡Ay, qué listo es mi hijo, que le doy el móvil y sabe encontrar YouTube él solito!». El camino debe ser justo el contrario. Mientras no se consiga crear un marco jurídico que obligue a las grandes corporaciones, hoy ya monopolios en la práctica, a respetar las libertades individuales y a crear algoritmos que apoyen la configuración de individuos dueños de criterios libres, misión lograda hasta hace muy poco visitando esos lugares gratuitos, silenciosos e inspiradores llamados bibliotecas, el acceso de la población infantil a las redes sociales, y a cualquier dispositivo provisto de pantalla y conectado a Internet, tiene que estar vetado. Va a ser, según Patino, una cuestión de salud pública, como el dejar de fumar en espacios cerrados o, directamente, no hacerlo. Igual que ahora recordamos la época en la que se podía fumar en cualquier sitio como un periodo primitivo y zafio, con el tiempo se impondrán lugares libres de tecnología, Patino los llama santuarios, y franjas temporales que nos permitan, por elección propia, estar al margen de todo ese ruido digital. Entonces recordaremos esta época de empobrecimiento inducido de nuestra capacidad intelectual como el testimonio de un periodo oscuro felizmente superado.

Que así sea (y nosotros lo veamos).

 

Bruno Patino, La civilización de la memoria de pez. Pequeño tratado sobre el mercado de la atención, Madrid, Alianza Editorial, 2020. [La civilisation du poisson rouge: petit traité sur le marché de l’attention, 2019]. Traducción de Alicia Martorell.

 

Los lectores inquietos tienen a su disposición otras obras apreciables sobre el tema, como Comerciantes de atención, de Tim Wu (Madrid, Capitán Swing, 2020), Addiction by Design, de Natasha Dow Schüll (New Jersey, Princeton University Press, 2012) y La nueva edad oscura, de James Bridle (Barcelona, Debate, 2020).

Lee también

 

Imagen de bekiamascotas.com

 

Víctor Espuny