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La proximidad de unas elecciones altera la convivencia. Muchos se vuelven hiperactivos. De repente empiezan a pedirte amistad en las redes sociales personas que no lo habían hecho nunca, gente a la que casi no has tratado o, directamente, no conoces de nada. Actúan como auténticos vendedores que intentan colocarte un producto. En la política hay personas idealistas, puede ser, pero lo mayoría, sobre todo a partir de ciertos niveles, forma parte de las estructuras de los partidos como podría hacerlo de la sección de ventas de cualquier empresa. Tienen el don de la palabra, saben comunicar y tratan de convencer. Están ahí para que la cuenta de resultados a final de año sea positiva y puedan seguir viviendo plácidamente gracias a la oratoria y el apoyo de los suyos. Porque se autodenominan así, los nuestros, de forma sospechosamente parecida a las organizaciones mafiosas. Entre ellos comparten consignas y argumentarios venidos de arriba para no dejar nada al azar, poder justificar conductas de compañeros sorprendidos en acciones éticamente reprobables o explicar datos adversos, consecuencias de un mal gobierno. Idealismo, el preciso. 

Algunas de las actividades a las que se entregan los partidos ante la proximidad de elecciones, sobre todo municipales, son la inauguración de auditorios, teatros, estaciones, puentes, calles, plazas, cruces, semáforos y rotondas, o el anuncio, acompañado de gran aparato audiovisual, de cualquier obra de inicio inminente. Y esto ocurre cada cuatro años con una regularidad y una constancia que ya aburren. Las redes sociales se llenan de publicaciones de los ayuntamientos sobre estas magníficas obras, publicaciones que los ciudadanos comentan. Muchos de estos comentaristas son los imprescindibles y organizados palmeros, pero otros, los más valiosos, son personas indignadas. Muy pocas de sus peticiones son escuchadas. A lo que quería llegar desde el principio, para lo que he escrito este largo y fastidioso preámbulo, es al nivel de expresión escrita que presentan muchos de los comentaristas. Redactan como hablan, una escritura fonética. Escriben, por ejemplo, «Enlacaye marshena fartan farola» o «Lapuertaestepa ya lanarreglao sinco beses y mariausiliadora sigedetierra» y cosas parecidas. Uno, queriendo pensar que la educación ha mejorado en los últimos tiempos, acude al perfil del comentarista esperando encontrar una persona nacida en los años cincuenta o sesenta, cuando los niños —y las niñas aún más— se veían obligados a abandonar la escuela con diez u once años para ponerse a trabajar, pero comprueba con sorpresa que el comentarista no llega a los cuarenta. Y este tipo de persona es muy numeroso. Estos comentaristas son ciudadanos responsables, con los mismos derechos que cualquiera, y quieren ver sus calles arregladas, y poseer un parque infantil cerca de su casa para que su hijo pueda jugar con seguridad. ¿Quién los defiende? Y, sobre todo, ¿cómo se ha permitido que la educación se degrade de tal forma, impartida ahora en aulas presididas por despampanantes pizarras digitales, pero donde la formación lingüística, madre del pensamiento, se desprecia como algo antiguo y superado por la revolución tecnológica? Hay muchas personas que repudian a las que no han sido convenientemente educadas y cometen faltas de ortografía de gravedad. Se ríen de ellas, dicen que son unos burros, unos incultos, y tienden a ignorar sus peticiones porque no prestan atención a lo que dicen sino a la forma de decirlo. Pero estas personas que no han tenido acceso a la educación y no saben expresarse por escrito merecen siempre el apoyo de los demás, nunca la burla, que solo podrá venir de los verdaderamente ignorantes. 

¿Para cuándo, me pregunto un poco desanimado después de décadas de supuesto afán por la educación, una buena alfabetización de las clases populares? ¿Quién dijo que estábamos ante la generación mejor preparada de nuestra historia, y con qué intención lo decía? ¿No será que a los de arriba no les interesa una ciudadanía bien formada, capaz de pensar y descubrir el engaño que le venden cuatro años? 

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Víctor Espuny.

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