Abascales y Rufianes

Parejo y Cañero Intermedio fijo

La primavera trompetera ya llegó. Los abrigos se van escondiendo, los días se hacen más largos, la calle y la noche parecen levantarse de una siesta de las que dejan la marca del cojín en el morro. Suele decirse que en esta época la sangre se altera, pero en este país hace ya tiempo que nos hierve. Les hierve a los políticos que en vez de arrimar el hombro y luchar cohesionados contra un drama como el de Ceuta prefieren ir a la suya, nos hierve a los ciudadanos que miramos los espectáculos de nuestros representantes y nos quedamos estupefactos. Ponemos un Congreso y nos crecen los payasos.

Aprovechar la inseguridad y el miedo para sembrar más pánico y más odio solo lo hacen las personas que saben que en ese tipo de barrizales es donde pueden ser protagonistas, tratar de sacar rédito de un drama humanitario en el que miles de seres humanos llegaban exhaustos y medio muertos a nuestras orillas es de una crueldad sin parangón, hablar de invasión y apelar a la violencia cuando sabes que muchos de esos inmigrantes, que un mal demonio ha utilizado como peones y ha lanzado al mar, son menores es demostrar la misma escala de valores que el malnacido que ha propiciado esta crisis, utilizar como argumento final que todo aquel que no compre tu marco xenófobo debe llevarse a todos los inmigrantes a su casa, ya es de gilipollas cum laude.

Después de enterarse del quilombo en la frontera, Santiago Abascal agarró la doctrina de Bannon y se dispuso a encarnar uno de esos papeles suyos que es un híbrido entre Rodrigo Díaz de Vivar, Don Pelayo y un metrosexual de tupper de arroz con atún y pesas martes y jueves. Se debió de solidarizar con nuestro representante en Eurovisión Blas Cantó, que no Toni, y decidió hacer también el ridículo, sí señor, eso es patriotismo. Con el pecho hinchado y su camisa a punto de estallar, llegó a Ceuta después de veinticuatro horas anunciándolo a bombo y platillo. El de Amurrio no hizo nada más allá de un par de selfies, una comparecencia ante los medios para cargar contra el “gobierno criminal” y un par de vídeos para redes con mirada desafiante ante el peligroso invasor. Hasta el propio Federico, uno de sus más fieles aduladores, entendió la excepcionalidad del asunto y la necesidad de dar una imagen de unión ante el enemigo, por eso su columna de El Mundo apeló a la responsabilidad: “Sin que sirva de precedente, cuente conmigo, señor Sánchez”.

Tras ver como reaccionaba el líder de Vox, Gabriel Rufián decidió no ser menos y apuntarse a su cita semanal con la barbarie. No decepcionó. Con su verborrea de cafetería universitaria se lanzó a proferir sus habituales astracanadas, esta vez faltándoles al respeto a todos los católicos, incluido a su mentor Junqueras. Se refirió en tono burlesco y con el fin de deslegitimar a todos los creyentes, alegando que son personas que creen en “serpientes que hablan” o en “palomas que embarazan”. Se le olvidó al republicano mencionar a esos diputados que hace unos años dijeron que dejarían su escaño y que aún siguen ahí apoltronados. Eso sí que es un milagro. Resulta grotesco el perfil de gallo de corral que proyecta Rufián en Madrid, máxime cuando contrasta de manera tan flagrante con la actitud de sumisión ante sus amos, el de Waterloo y el de Lledoners, que desde la prisión y desde Bélgica lo ningunean y lo estafan. Nada más hay que ver el gobierno que le han sacado.

Así es la política de los abascales y los rufianes, la de dos señores que, aunque están en las antípodas se parecen mucho más de lo que a ambos les gustaría, la que hace de la ofensa una virtud y de la polémica la forma de subsistir. La política del choque, del trazo gordo, de la confrontación, la de dos personas que están encantados de conocerse (a ellos mismos) y que se ven muy bien haciendo el cafre y el malote. Flaco favor le hacen a España y a Cataluña dos personas que se consideran por encima de España y de Cataluña y para los que la palabra responsabilidad solo tiene sentido si va enmarcada en un hashtag.

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti
Fotografía: Javi Martínez (El Mundo).

 

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