A Rafael Martín, tras su reciente designación

Buena terminación de año para Rafael Martín, alcanzando la Insignia de Oro del Consejo General de Hermandades y Cofradías de Osuna, ejemplo del ancestral concepto de buenos y auténticos valores que debemos interpretar y emular, como modelo cristiano de vida y esperanza.

Rafael no se ha perdido en las alturas celestiales, sino que se ha concretado en su cotidiano servicio de predicar con humildad las cosas sencillas de la vida.

Rafael ha llevado su experiencia profesional de comerciante a ser demandadero de monjas de clausura, pasando por ser sacristán y, en general, seguir una senda de piedad muy destacada.

Una chiquillería de murillescos ángeles se asoman en los retablos de la Concepción cuando aparece Rafael por su puertas para atender el servicio que haga falta: encender las velas del altar mayor, mantener candente el incensario, colocación correcta del misal, ayuda al sacerdote oficiante… Por otro lado, siempre llevando dulzuras, recogiendo encargos, siendo la mano derecha de la Madre Abadesa.

Y, además, por si todo esto fuese poco, ha sabido encajar en su vida el deber de inculcar la devoción a la portuguesa Virgen de la Cova de Iría. Y como al que madruga Dios le ayuda, no tuvo pereza para rezar, multitud de veces, antes de entrar en sus tareas comerciales en la tienda donde trabajaba, el Santo Rosario en plena calle en las auroras frías de cualquier día del año. Su trabajo se multiplicaba y él seguía tan complacido como siempre.

En otras auroras, las del Viernes Santo, su espíritu corporativo con el hábito morado se le adivinaba a leguas.

Domina el tiempo. Sus palabras han sido siempre justas. Su sonrisa completaba el encargo. Sin aparentar prisas. Dejaba en el zaguán de cualquier casa el aura de su bondad, sin una voz más alta que otra, ni un detalle de apresuramiento.

Siempre que se ha visto cruzando la iglesia de la Victoria, llevando en sus manos el sagrado cáliz, desde el sagrario al altar mayor y viceversa, yo lo he sentido como aquel Nicodemo, varón bueno y justo colaborando con José de Arimatea en el descendimiento de la Cruz, dándole honrosa sepultura al crucificado.

Gracias, Rafael Martín.

“Con tu nombre de arcángel cordobés

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y tu trato de temple senequista.

De otra manera, no podría ser”.

Eloy Reina

Fotografía: Clara Domínguez

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