A propósito de Teresa

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Uno de los principales dramas vividos en Andalucía durante la segunda mitad del siglo XX fue la emigración. Lo sabemos todos. Los más jóvenes pueden comprobarlo mirando las estadísticas de población, las de Osuna, por ejemplo, y recordando a esos familiares que tienen en Cataluña o el País Vasco. Los que pasamos de los cincuenta lo recordamos perfectamente. El pueblo, de pronto, empezó a vaciarse. Cada año, al comienzo del curso, vivíamos la desaparición de compañeros que se habían ido con sus padres, sobre todo a Cataluña. Sus caras se han diluido ya en las brumas del tiempo. Sus apellidos han quedado, sí, pero desparejados, simples sonidos pronunciados por labios infantiles en los recreos de la SAFA. Están allí, en Cataluña, seguro, muchos vivirán, no son viejos todavía.

Afortunadamente, los pueblos andaluces del interior no forman parte de la España vacía, aunque la mayoría sigan perdiendo población. No eran tan pequeños como muchos castellanoleoneses, manchegos o aragoneses que sí han desaparecido, pero vieron cómo miles de familias los abandonaban en busca de una vida supuestamente mejor. Los andaluces partían en busca de un sueldo bajo pero continuo durante todo el año, algo que no tenían aquí, donde el empleo era estacional, y con su esfuerzo levantaron, entre otros lugares, Cataluña. Se fueron personas de mucha valía, a menudo los más valientes. Sobre todo durante las primeras décadas de emigración, años cincuenta y sesenta, muchos de esos andaluces emigrados vivieron mal, primero en infraviviendas y luego en bloques de pisos levantados en pocos meses y sin ningún tipo de planificación ni servicios. Como ha demostrado Manuel Peña Díaz, los habitantes de pueblos cercanos a Barcelona, pequeños agricultores en su mayoría, vieron una oportunidad inmejorable de enriquecerse dejando llegar a todas estas familias andaluzas o murcianas, dispuestas a trabajar y a vivir donde fuera. Es el caso de La Llagosta, estudiado por él. Sus huertas o pequeñas fincas de labor fueron vendidas a muy buen precio para levantar polígonos industriales y edificios de viviendas, que de la noche a la mañana surgieron separados por calles aún de tierra, algunos de ellos sin abastecimiento de agua durante meses. Los miembros de esas familias de propietarios de los pueblos regentaban los ayuntamientos y se ocupaban de dejar bien claro quiénes eran catalanes y quiénes no. Y lo hacían en las pequeñas cosas, en los detalles, tan importantes. Por ejemplo, los domingos en los bailes de sardana,esos círculos cerrados, excluyentes por definición, o en muchas ceremonias organizadas con planteamiento segregacionista. Los recién llegados no hablaban catalán, no eran catalanes. Cuando uno lee sobre esos años —los descendientes de aquellos inmigrantes han podido estudiar y han vuelto la mirada con valentía y ánimo iluminador hacia esa época abominable—, piensa en todas aquellas personas que se vieron obligadas a dar aquel paso en busca de dinero y dignidad y a menudo encontraron sueldos de miseria y trato degradante. Eran xarnegos, nunca ciudadanos como los otros, dignos de las mismas consideraciones. No se debe generalizar, pero Cataluña, así, a grandes rasgos, no parece una tierra de agradable acogida. De todo esto pueden hablar con más conocimiento aquellos emigrantes que aún viven y recuerdan las calles y los rincones del pueblo en las redes sociales, donde describen con nostalgia, y desdibujada por la distancia, la Osuna de su infancia. Algunos descendientes de aquellos ursaonenses emigrados, por cierto, ocupan lugares relevantes en la cultura y las artes españolas. Ahora mismo recuerdo a las novelistas Olga Merino —no dejen de leer su libro Espuelas de papel— y Julia Navarro, al cantante Antonio Orozco y al director de cine Juan Antonio Bayona, pero seguro que hay muchos más. Y muchas historias que contar tanto de la Osuna que dejaron, tan injusta, tan clasista, como de la Cataluña que conocieron al llegar.

De ese drama humano tratan algunas de las mejores novelas de Juan Marsé (Barcelona, 1933), sobre todo Últimas tardes con Teresa. Desde el punto de vista literario la novela destaca por la construcción del personaje protagonista, Manolo Reyes, el Pijoaparte. Nacido en Ronda, guapo, bien plantado, abandona un pueblo en el que no ve futuro y, después de recalar en la Costa del Sol, donde trabaja de albañil y camarero, viaja a Barcelona, al barrio del Carmelo, donde vive su hermanastro. Allí es acogido a regañadientes y sobrevive protegido por un hampón homosexual ya mayor que se prenda de él nada más verlo. Atraído por las mujeres, el Pijoaparte conoce a muchachas de la alta sociedad barcelonesa y consigue enamorarlas gracias a su arrojo y, en general, a su atractivo personal, concebido gracias a mil experiencias que no suelen estar al alcance de los miembros de las clases acomodadas. El narrador, producto de un Marsé poseedor de una aguda conciencia social y tocado por el resentimiento, realiza una feroz crítica de los hijos de familias adineradas que, aquejados a su vez de malestar de conciencia, simpatizan con las ideas comunistas.Los presenta como universitarios que juegan a hacer la revolución, que corren delante de la policía casi por puro deporte. Marsé no tiene piedad de ellos y, en un desahogo verbal, los llama «señoritos de mierda» (pág. 331). El autor realiza también una curiosa personación en su novela cuando se dibuja en ella como un coge culos, un aprovechado que disfruta metiendo mano a las mujeres en el bullicio de fiestas o verbenas. «Le conozco, se llama Marsé, es uno bajito, moreno, de pelo rizado, y siempre anda metiendo mano» —dice una muchacha a otra—. «El domingo pasado me pellizcó a mí y luego me dio su número de teléfono por si quería algo de él, qué te parece el caradura» (pág. 360). Para el lector capaz de trasladarse con éxito a la mentalidad de aquella época, no ser históricamente presentista, y considerar las cosas como eran en los años cincuenta en España, no como son hoy —cuando un sujeto así es inmediatamente denunciado a la policía—, esta broma del autor puede resultar divertida.La venganza de ese coge culos verbenero llamado Marsé recae en Teresa Serrat, el mayor objeto del deseo del protagonista, y ese día la más guapa del baile.

Porque no todo en la novela es crítica social. Esta viene acompañada de un romance auténtico, puro, imposible, de esos que solo se viven una vez.Cabe destacar también la escena del primer amanecer en el cuarto de Maruja, donde el lector constata hasta dónde llega la ambición inicial de Manolo Reyes, aún no atenuada por la irrupción del auténtico amor, ese milagro, tan raro y tan necesario.

En cuanto a cuestiones técnicas, el narrador es muy clásico, omnisciente y en tercera persona, pero muy efectivo. El último capítulo, al estilo de «Qué pasó con…», recuerda la forma de acabar alguna célebre novela decimonónica, como Los Maia, de Eça de Queirós.

En definitiva, una obra que trata pasiones de todas las épocas y tiene una clara lectura andalucista. Muy recomendable.

 

Juan Marsé, Últimas tardes con Teresa, Barcelona, Debolsillo, 2015 (Edición levemente corregida por el autor. La original es de 1966).

 

Manuel Peña Díaz, «La LLagosta: el catalanismo franquista y la inmigración andaluza», en Andalucía en la historia, nº 28, abril-junio de 2010, Centro de Estudios Andaluces (Sevilla), págs. 28-31.

 

Fotografía: Juan Marsé (agenciabalcells.com).

 

Víctor Espuny

 

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