A la verdad

Los años no se van, se quedan. No se esfuman, en todo caso se borran. Pasan, pues un día son nuevos y en un suspiro son pasado. Los años, los que nos han tocado, son incógnitas que avanzan con la cadencia de nuestras inquietudes, corazones consumiéndose en la pantalla de un videojuego. Me aburren los balances, me agobian las cuentas, me pesan las anclas. El mar no se preocupa de las olas, los pájaros no cuestionan sus alas, la luna es distinta cada noche. Me inquieta la nostalgia pegajosa, me reconforta la anécdota puntual. Lo hecho, hecho está. Lo que fue, es historia. Lo que viene, ya se verá. 

Es clave ser ambicioso a futuro e indulgente a toro pasado. No hay más mañana que cada mañana, no hay un ayer más limpio que el que está por venir. Son inútiles los pitones del lamento, es indispensable la muleta de la fe. Los andenes no se mueven, los trenes no esperan. Me asquean los políticos porque no tienen palabra, me molestan los influencers porque viven de vender la nada, me matan los activistas porque son una mezcla bastarda de políticos e influencers. Tres profesiones vacías que han sacado a rastras a la mentira de la excepcionalidad, de la adrenalina prohibida, del rincón clandestino del último recurso. Ahora la falsedad es una moda, la baratija sentimental un negocio de éxito, el postureo chabacano una cima con la que fantasear. De la arcada a la sonrisa, del llanto al baile, de la defensa al ridículo. Se fuman tus ilusiones y tú les compras el humo, se ríen en tu cara y tú les aplaudes el chiste. 

Yo ya solo me fío del suelo que piso, de los zapatos que se ensucian a mi lado, de quien no presume de sincero. Solo creo en los que me quieren sin querer, en los que comen y se emborrachan sin publicitarlo, en los que hablan buscando un sentido en lo que dicen. En personas que huyen del plástico, que buscan la piel. En quien escucha con los oídos, en quien envaina el prejuicio, en quien da entender que no lo entiende todo. Creo en quien se vuelve loco, en quien se equivoca a boca llena, en quien se disculpa con el alma en los labios. 

Creo en la verdad íntima de cada uno, en los ojos que acentúan las palabras, en todo lo que se improvisa. Creo en la duda, en el silencio, en la incomodidad. Creo en el dolor que recorre los huesos, en la tristeza que rechina en la encía, en la alegría que enciende la cara. Creo en la vergüenza que nos hace chicos, en el amor que nos hace vulnerables, en el tiempo que nos hace viejos. Creo en la entrada, en la lorza, en la arruga. Creo en el niño de las rodillas raspadas, en la mujer que escucha música en el metro, en el abuelo que compra churros. Creo en todo lo que huela y sepa a vida, en las faltas de ortografía del existir, en el cuadernillo rubio del querer, en los que buscan la perfección sin mapa. Creo en la ruta del que quiere ser mejor, del que no anda con embustes porque se tiene tanto respeto que no se engaña a sí mismo. Feliz 2024. A la verdad. 

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